No podían dormir.
Otra vez soplaba la ventisca a su alrededor. Un quejido frío que ululaba entre las copas de los árboles pero que no les daba conversación. Y esa noche apenas sobreviviría nada que no fuera el silencio. Ese enemigo sin manos ni pies que ejercía como ariete de una soledad que les retenía a los dos sentados en medio del parque, esperando una mejoría en sus vidas. Otro sueño por pequeño que fuera. Un milagro. O una sonrisa.
Y atrapados por el insomnio, su relación solo respiraba a través de pequeños recuerdos en común.
Los días de sol y paseos, juntos.
Su luna de miel.
La comunión de los mellizos.
El bautizo de su nieto.
Y por ahuyentarse la pena de encima la cogió de la mano, susurrándole al oído que de ésta, también saldrían.
Pero ella,
desde que perdieron otra vez la casa,
había dejado de soñar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario