miércoles, 23 de mayo de 2018
La frontera
Un paso. Otro paso.
No sé por qué hoy este poco pasillo me parece interminable.
Al final, cinco escalones y un escenario me esperan.
Los focos. El micrófono. La visibilidad.
Entre mis pasos y las luces de candilejas un coro de susurros azuza al público.
En la tercera fila bosteza un niño de apenas diez años. Sentada en cohorte más de ataque que defensiva, esa legión de acólitos infantiles venidos a rastras obligados por su escuela soportará mi lectura pero no prestarán atención a mis versos. No les importan. Tampoco se fijarán en mi voz. En mi estilo al recitar. Simplemente resistirán porque a toda la clase se les ha prometido un cinco en una asignatura que hace meses todos tienen suspendida, solo por asistir. El resto de presentes aplaudirán, pensando en el vino que servirá la bodega que patrocina la gala.
Y al final, nadie dirá si les gustan mis poemas.
Pero no anticipemos nervios.
Mejor espero.
La barrera que esta tarde he de cruzar es delicada. No presenta las barricadas comunes ni se ven brillar luces de precaución en cada uno de sus tramos. La frontera que he de atravesar para escapar de mí misma y parecer una rapsoda solo la entreveo yo junto al atril. Es estrecha. Casi etérea. Atrayente como un imán y repulsiva como el peor de los miedos. Pocas veces la enfrento. Pero hoy mi intención es asaltarla como si yo fuera un inmigrante en busca de la prometida libertad.
Por eso camino.
Sobre el escenario, al fin respiro. El éxito huele al polvo removido de arrastrar el telón. Resisto. Sonrío. Una mueca dirigida a mis seres queridos. Los presentes. Dentro de mi corazón, con los pies aún por cruzar la línea que separa el valor de los deseos, queda el recuerdo de un Lector Invisible. No quiere escapar de su encierro. Como antes, como siempre, su tacto será fiel a mis pensamientos. Y con su ayuda, me planto ante el atril, despliego mis versos y con el último impulso de mi poco valor encuentro la llave que abre mi peor frontera, saludo al público y empiezo el recital.
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