miércoles, 25 de marzo de 2020

Cuaderno de Bitácora




11º día de navegación.

Hoy supongo que es martes, 24 de marzo del año 2.020

8 de la mañana. Entre sorbo y sorbo de café, Papá me cuenta que alguien llamado Ronaldinho ha sido detenido por falsificar su pasaporte. Debe de ser un conocido del pueblo, de tanto que se ríe.

8 y cuarto. Mi hermana está emocionada porque otra vez puede ver Hanna Montana. Y quién no lo entienda es que no la quiere.

9 y veinte. El abuelo se ha sentado antes que nadie ante la tele. La gente no pasea por la calle, me dice, como si la noticia de hoy aún fuera una novedad. Parece que va a llover, le grita mamá para darle consuelo. Y se olvidan de conversar.

9 y media. Otra vez tengo pan con jamón para almorzar. ¿OTRA VEZ PAN CON JAMÓN?

10 menos 20. En casa nadie comprende como de difícil es ser niño en tiempo de mayores. Convivir con cuatro personas más en una casa sin demasiados espacios. En todo hay reglas. Horarios. Deberes. ¡DEBERES! Manos limpias. Aplausos. Cenas. Comentarios. Y otra vez a dormir. Supongo que cuando consiga mi plaza en un viaje a Marte, gobernar la expedición me exigirá las mismas dificultades. Nadie embarcará golosinas, sería un exceso de peso para la nave. Ni amigos. Ni un trozo de parque. Viajaré en una nave fría, muda, siempre con las luces apagadas para ahorrar combustible y sin un rincón útil donde dibujar una portería de fútbol con un portero que no parezca un pasmarote.

10 menos cinco. En esta casa, patio diecisiete, quinto C, al fondo de una calle sin árboles, mi rival en el juego hoy es el oso de peluche de mi hermana. Pero ese inmenso bulto, tampoco me sirve. Parece lerdo. No para los goles, deja que la pelota rebote contra la lámpara del pasillo y por su culpa, me gano un cachete y una hora encerrado en mi habitación. Cada día mi madre me tiene menos paciencia. Trabaja, dice, pero se pasa todo el día hablando frente al ordenador. De noche reza para que al día siguiente no se le caiga internet. Yo también. Así me libro que durante el día se acuerde de mí. O de que se crea una buena madre y me pida perdón.

10 y cuatro minutos de la mañana. Ayer conseguí pasarme dos horas frente a la ventana de mi cuarto, mirando al otro lado de la calle. Ver peinarse a mi futura oficial de vuelo frente al espejo de un dormitorio donde solo he entrado en mi imaginación, fue el mejor de los castigos.

Hoy la veo hacerse dos trenzas. Ponerse colonia y una chaqueta azul llena de estrellas para protegerse del frío. Escoger un libro entre el montón de libros apilados en un escritorio forrado en rosa. Salirse al pequeño balcón que ella tiene en su cuarto. Y mirarme.

Va a leerme otro cuento, me prometió ayer al despedirnos.

Yo no le dije que no la oigo. Tampoco hoy se lo voy a decir. Ni cuánto me aburren los libros. O que lo que más me gusta en el mundo mundial, es el fútbol, el espacio y su sonrisa. Y a veces, ni siquiera por ese orden. Se lo diré cuando vuelva a sentarme tras ella en clase. O cuándo le pida un lápiz. O la solución de cualquier problema de mates.

10 y siete minutos de la mañana.

Al mirarnos por encima de esta calle sin árboles, no le digo que hoy mi castigo va para largo.

Ni ella, que su lectura también. 




                        
                                                 

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