#historiasdeanimales
Acaba de llegar y ya ha cambiado todo de nombre.
Él, que no tenía ni cama ni cuarto en la que siempre ha sido mi casa, en apenas dos días se lo ha quedado todo.
Incluso mi alfombra ahora es mi alfombra.
Y por algún incomprensible embrujo, Ella, mi Diosa, se ha convertido en su madre.
La orgullosa Madre.
Un espécimen de sonrisa extraña que anima a las continuas oleadas de invitados a rodear la cuna.
Juntos, cuchichean.
Planean.
Los más atrevidos, los mismos que antes agasajaban mis cariños en horas de fiel compañía, ahora cuelgan las manos sobre sus sábanas.
Lo rozan.
Lo besan.
Lo mecen.
Otros esperan.
Piensan en la merienda.
Ríen.
Risas que ya no son para mí.
Que no se preocupan por mí.
Ni por una vez me miran.
Tampoco hay ninguna voz que me aparte del olvido.
Es un nuevo mundo donde todo aviva mi humillación.
Nadie la impide.
Nadie la intuye.
Y los celos empapan mi instinto de venganza con capas de distinta tersura.
La primera, inaceptable.
Corregida.
Desdeñada.
De la segunda a la cuarta el dolor va agrietando mi ciega fidelidad y en la quinta, la más temida, la que cambia caracteres y contenta demonios, me enseña a esperar el momento propicio para el desquite mientras espío a la familia desde el jardín, sin ganas de ladrarle a la lluvia.
A Pedro.
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