Pocas cosas más caben en la fotografía. Ni siquiera el título. Porque en este mundo estático que rellena la última página del periódico, unos ojos intensos miran al lector con una sabiduría que muy pocos escrutarán cuando paseen por la calle que siempre ocupa el dueño de esa mirada. En el suelo un cartel que, a veces, también es cobijo. Sobre el cartón se leen unas manchas que apenas forman parte de nuestro idioma. TENGO AMVRE. Los pasos ajenos mantienen sucia la acera pero el rincón que dominan esos ojos que protagonizan un retrato que se ha quedado sin título por la pereza de su autor, guarda una aura de decencia. Alrededor de los párpados, el color de una piel tan limpiamente retratada disimula el precio de cualquier pasado. No confiesa. Y su silencio nos deja sin saber la historia de ese hombre.
En el otro ángulo del recuadro, la vida desvela una esperanza que la juventud del mendigo hace mucho que ha olvidado. Una niña, un oso de peluche y un helado a medio comer. El dueño de la cámara sigue en el anonimato. No juzga. Solo retrata. Y plasma la vergüenza del hombre al caer vencido por la caridad de una niña sin habla. Quizás charlen entre ellos cuando el lector aparte la vista del periódico. Entonces el hombre sin nombre recuperará su orgullo, balbuceará un gracias y verá marcharse a la niña sin su helado antes de caer en la cuenta de que a pesar de todo, el mundo vive.
Y aún le guarda un hueco para él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario