martes, 31 de julio de 2018

Los celos


#historiasdeanimales

Acaba de llegar y ya ha cambiado todo de nombre. 
Él, que no tenía ni cama ni cuarto en la que siempre ha sido mi casa, en apenas dos días se lo ha quedado todo.
 Incluso mi alfombra ahora es mi alfombra.
Y por algún incomprensible embrujo, Ella, mi Diosa, se ha convertido en su madre. 

La orgullosa Madre. 

Un espécimen de sonrisa extraña que anima a las continuas oleadas de invitados a rodear la cuna. 
Juntos, cuchichean.
 Planean. 
Los más atrevidos, los mismos que antes agasajaban mis cariños en horas de fiel compañía, ahora cuelgan las manos sobre sus sábanas.
 Lo rozan.
Lo besan.
 Lo mecen. 
Otros esperan. 
Piensan en la merienda. 
Ríen. 

Risas que ya no son para mí. 
Que no se preocupan por mí.
 Ni por una vez me miran. 
Tampoco hay ninguna voz que me aparte del olvido. 
Es un nuevo mundo donde todo aviva mi humillación. 
Nadie la impide. 
Nadie la intuye.

 Y los celos empapan mi instinto de venganza con capas de distinta tersura. 
La primera, inaceptable.
 Corregida. 
Desdeñada. 

De la segunda a la cuarta el dolor va agrietando mi ciega fidelidad y en la quinta, la más temida, la que cambia caracteres y contenta demonios, me enseña a esperar el momento propicio para el desquite mientras espío a la familia desde el jardín, sin ganas de ladrarle a la lluvia. 


A Pedro. 


miércoles, 18 de julio de 2018

Gracias



             Pocas cosas más caben en la fotografía. Ni siquiera el título. Porque en este mundo estático que rellena la última página del periódico, unos ojos intensos miran al lector con una sabiduría que muy pocos escrutarán cuando paseen por la calle que siempre ocupa el dueño de esa mirada. En el suelo un cartel que, a veces, también es cobijo. Sobre el cartón se leen unas manchas que apenas forman parte de nuestro idioma. TENGO AMVRE. Los pasos ajenos mantienen sucia la acera pero el rincón que dominan esos ojos que protagonizan un retrato que se ha quedado sin título por la pereza de su autor, guarda una aura de decencia. Alrededor de los párpados, el color de una piel tan limpiamente retratada disimula el precio de cualquier pasado. No confiesa. Y su silencio nos deja sin saber la historia de ese hombre. 

En el otro ángulo del recuadro, la vida desvela una esperanza que la juventud del mendigo hace mucho que ha olvidado. Una niña, un oso de peluche y un helado a medio comer. El dueño de la cámara sigue en el anonimato. No juzga. Solo retrata. Y plasma la vergüenza del hombre al caer vencido por la caridad de una niña sin habla. Quizás charlen entre ellos cuando el lector aparte la vista del periódico. Entonces el hombre sin nombre recuperará su orgullo, balbuceará un gracias y verá marcharse a la niña sin su helado antes de caer en la cuenta de que a pesar de todo, el mundo vive. 

                            Y aún le guarda un hueco para él.