Cuaderno de bitácora
Día 147
Viernes
La primera tarea de esta
tarde será crearme una lista de Spotify libre de ti.
Luego, hacerme rubia.
Poco a poco llenar de
domingos toda las semanas hasta diciembre y en las resacas, olvidarte.
Buenos propósitos para
otro viernes perdido en mi agenda. No anotaré el mes. Ni el año. Ni la hora. No
quiero darte ese placer. Esta semana se quedará sin pasado ni cimientos en
cuánto salga de este piso.
Primero me toca desvivir
lo vivido entre estas paredes antes de que tú lo hagas por mí. Trasegar con el
polvo al compás de la pereza. Descolgar. Doblar. Empaquetar. Así, cada armario.
Mi mitad de cada uno de los cuatro que hacen grande la casa. Ahora que tú no
estás, me tomo la pausa de un cigarrillo entre cuarto y cuarto. Una cerveza
como aliciente para afrontar el rincón del fondo y recoger mis lienzos. Mis
pinturas. Mi talento. Mis esbozos. Mis fracasos.
Descalza entre tus cosas y
las mías, dejo sonar la música. Y canto.
«Empezar porque sí. Acabar
no sé cuando... »
Cantar a pleno pulmón es
un placer parecido al chocolate.
Y me abre el apetito.
Por una vez, la cocina
sabe a vacío.
De la mitad de mi nevera,
escojo. Guiso. Almuerzo. Entro a la alacena con una rama de tomillo seco y la dejo
sobre una balda para dar mi bienvenida a otros inquilinos. Este detalle no es
para ti. No lo huelas. Ni lo toques. Son mis tonterías, ya sabes. Raspo del
fondo del salero un pellizco de sal y dibujo en un plato un corazón enamorado. Esta
sí que es mi despedida. Mi carta de identidad. O mi peor marchamo: vivir siendo
tu sierva más fiel de lunes a sábado. Los domingos son sagrados, ya sé. Yo con
el alcohol y el chocolate.
Tú, con tu mujer.
Poco a poco también me
libraré de esta costumbre.
Aprenderé a mirarte y no
adorarte.
Y a vivir, lejos de ti.
Con la piel hecha astillas
de arrancarme tus caricias de encima, arrastro la galería un paso más hacia el
viento y cierro las ventanas, una a una, antes de descolgar de la pared del
comedor el último cuadro: mi mejor óleo porque lo pinté antes de ti. Detrás de
las persianas, la vida avisa. Recuerda. Espía. Se impacienta. Te olvida. Su voz
empuja mis futuros triunfos hacia el rellano, apila las prisas y llama al
ascensor sin despedirse de la vecindad. Es una lástima que entre tanto que
cargo no haya espacio para lo leído en este piso. Para lo vivido. Para lo esbozado.
Para lo dormido. Para esos instantes que, previsora, me dio por ir guardándome
en la cartera, cuando alquilamos juntos un piso donde tú olvidaste quedarte y
evitarme desmontarlo.
Ya ves, más tonterías.
Es tarde y otra vez tengo
hambre.
Pero no de ti.
Es desgarrador... Se queda el corazón encogido. Con todo, es preciosa la expresión.
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