viernes, 29 de septiembre de 2017

MEDITERRÁNEO




Deben ser grandes los tesoros 
que esconde la otra orilla del mar 
cuando tanta gente los busca. Paraísos 
que hacen habitables el desierto, buenas 
las guerras, pocas las miserias, 
maleables las ruinas vistas al cruzar 
con alas invisibles, el infierno. 
 Y con un poco de suerte, sobrevivir. 
Sentir otras raíces sujetando 
la sombra propia. Ese alma que respira viva 
bajo cien capas de piel desgarrada. 
O saciar una sed perenne aunque el viaje 
aún no haya empezado.
Quizás, 
entre el partir, el miedo y las olas se rompan 
los horizontes. Y solo quede del viaje
una tormenta para sellar agosto 
y un quejido mudo mezcle 
el valor de la sangre con los deseos truncados 
allí por donde ni el silencio, camina. 


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