lunes, 19 de septiembre de 2016

Vainilla




Propensa al vértigo de las alturas,
 permanezco sentada tras esta ventana abierta al norte,
 ansiando robar una brisa de aire fresco a esta calima mediterránea. 
Oigo, distraída, 
el zumbido de las máquinas trajinando a mi espalda,
 marcando una realidad que, en esta hora, olvido. 
El mar, por cercano y próximo, queda lejos. 
Las tertulias postergadas hasta la media noche 
entre las sillas esparcidas en cualquier acera de este pueblo
 esperando el fresco que la oscuridad trae consigo,
 todavía demorarán horas en crearse. 
Pero queda pues, en la certeza de este verano sin vacaciones,
 que tomar la decisión correcta para refrescar mi malhumor.

 ¿Vainilla esta vez?

 Su victoria,
 una tarde más arrasando entre cientos de sabores
 me deja mecida ante esta ventana sin horizontes, 
asomada por un minuto ante la inmovilidad de mi verano.
 Y sigo soñando,
 en la soledad de este despacho, 
que el invierno traerá horas mejores y quizás, 
entre nieves aún no caídas, unas vacaciones que, 
tras estas fincas y este helado,
 imagino ya saborear. 





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