martes, 18 de octubre de 2022

LA MUDANZA

 


 

Cuaderno de bitácora

Día 147 

Viernes


La primera tarea de esta tarde será crearme una lista de Spotify libre de ti.

Luego, hacerme rubia.

Poco a poco llenar de domingos toda las semanas hasta diciembre y en las resacas, olvidarte.

Buenos propósitos para otro viernes perdido en mi agenda. No anotaré el mes. Ni el año. Ni la hora. No quiero darte ese placer. Esta semana se quedará sin pasado ni cimientos en cuánto salga de este piso.

Primero me toca desvivir lo vivido entre estas paredes antes de que tú lo hagas por mí. Trasegar con el polvo al compás de la pereza. Descolgar. Doblar. Empaquetar. Así, cada armario. Mi mitad de cada uno de los cuatro que hacen grande la casa. Ahora que tú no estás, me tomo la pausa de un cigarrillo entre cuarto y cuarto. Una cerveza como aliciente para afrontar el rincón del fondo y recoger mis lienzos. Mis pinturas. Mi talento. Mis esbozos. Mis fracasos.

Descalza entre tus cosas y las mías,  dejo sonar la música. Y canto.

«Empezar porque sí. Acabar no sé cuando... »

Cantar a pleno pulmón es un placer parecido al chocolate.

Y me abre el apetito.   

Por una vez, la cocina sabe a vacío.

De la mitad de mi nevera, escojo. Guiso. Almuerzo. Entro a la alacena con una rama de tomillo seco y la dejo sobre una balda para dar mi bienvenida a otros inquilinos. Este detalle no es para ti. No lo huelas. Ni lo toques. Son mis tonterías, ya sabes. Raspo del fondo del salero un pellizco de sal y dibujo en un plato un corazón enamorado. Esta sí que es mi despedida. Mi carta de identidad. O mi peor marchamo: vivir siendo tu sierva más fiel de lunes a sábado. Los domingos son sagrados, ya sé. Yo con el alcohol y el chocolate.

Tú, con tu mujer.

Poco a poco también me libraré de esta costumbre.

Aprenderé a mirarte y no adorarte.

Y a vivir, lejos de ti.

Con la piel hecha astillas de arrancarme tus caricias de encima, arrastro la galería un paso más hacia el viento y cierro las ventanas, una a una, antes de descolgar de la pared del comedor el último cuadro: mi mejor óleo porque lo pinté antes de ti. Detrás de las persianas, la vida avisa. Recuerda. Espía. Se impacienta. Te olvida. Su voz empuja mis futuros triunfos hacia el rellano, apila las prisas y llama al ascensor sin despedirse de la vecindad. Es una lástima que entre tanto que cargo no haya espacio para lo leído en este piso. Para lo vivido. Para lo esbozado. Para lo dormido. Para esos instantes que, previsora, me dio por ir guardándome en la cartera, cuando alquilamos juntos un piso donde tú olvidaste quedarte y evitarme desmontarlo.

Ya ves, más tonterías.

Es tarde y otra vez tengo hambre.

Pero no de ti.

 

 

1 comentario:

Salva MD dijo...

Es desgarrador... Se queda el corazón encogido. Con todo, es preciosa la expresión.