Deben ser grandes los tesoros
que esconde la otra orilla del mar
cuando tanta gente los busca. Paraísos
que hacen habitables el desierto, buenas
las guerras, pocas las miserias,
maleables las ruinas vistas al cruzar
con alas invisibles, el infierno.
Y con un poco de suerte, sobrevivir.
Sentir otras raíces sujetando
la sombra propia. Ese alma que respira viva
bajo cien capas de piel desgarrada.
O saciar una sed perenne aunque el viaje
aún no haya empezado.
Quizás,
entre el partir, el miedo y las olas se rompan
los horizontes. Y solo quede del viaje
una tormenta para sellar agosto
y un quejido mudo mezcle
el valor de la sangre con los deseos truncados
allí por donde ni el silencio, camina.
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