viernes, 25 de noviembre de 2016

Solo María




José María no era raro.
Más bien, poco cuerdo.
 Imprudente. 

Desaconsejable.

Eso al menos nos decían de niños
 cuando las paellas del abuelo nos reunían 
alrededor de la mesa bajo una pinada
 perfumada de limoneros. 

En esos veranos
le veíamos revolotear en su mundo
 como un pedazo de hielo en un vaso de sangría
 mientras el resto de su generación
 jugábamos al fútbol. 
O decorando esas tazas descascarilladas
 que, año tras año, heredaba un primo nuevo. 

Luego, los inviernos se acumularon a los cambios. 

El primero, fue su aversión a las corbatas. 
Con los veinte, un pendiente en la oreja. 
Un primer beso a escondidas. 

Ahora que todos los primos estamos en la cuarentena 
del alma de aquellas paellas no quedan ni los limoneros, 
únicamente el asombro de esos niños de antaño que, 
cuando José María se nos acerca con sus tacones de vértigo
 aún no aprendemos a decirle solo María. 



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