Las cosas no son lo que parecen en una clase de cocina.
Ni en la magia.
O en el amor.
Esa esa la primera lección que te da la vida, les digo siempre a mis alumnos.
Luego sonrío.
Y les dejo improvisar mis recetas sobre el obrador.
Que yo recuerde, en casa nadie supo nunca el origen del pastel helado.
Tal vez de verdad la mezcla le surgió a papá al triturar sus penas junto a aquella ración de cumpleaños olvidada durante semanas en el fondo del congelador. O el secreto de este pastel sea que conserva el aroma de aquel mantecado de vainilla que la abuela escondió dentro de una caja de galletas para disimular la culpa cuando aún era una niña que servía a ricos y siempre estaba hambrienta.
Ya no quiero averiguarlo.
Simplemente regalo mi saber a mis alumnos con una clase maestra.
Algunos lo elaboran como vigilarían un truco de magia, intentando descubrirme ese misterio que es lo mejor de su sabor. Para otros, aún sin probarlo, provoca una explosión infinita de amor. Un amor como el que hoy se esconden dos enamorados en mi clase de cocina. Como buenos alumnos, guardan las manos en la masa de harina, juntas, las alianzas desparejadas, el tacto improvisado, aún aprendiz, de ese que nadie sacia, nunca. Parecen dos extraños que se miran con la excusa de no querer mirarse antes incluso de que me acerque a su mesa y les ofrezca una gota de ron para sellar la elaboración de su pastel. Y me son desobedientes sin siquiera oler el alcohol. Ella sonríe. Él sueña. Sueña con esa mirada de hombre que solo puede ser un reflejo en alguien culpable cuando mira una ilusión. Entre ellos comparten ese susurro parecido a un no me mires tanto que nos miran. O a un calla, que solo quiero pensar en ti. Y mientras, se tocan.
Hacen como yo hice de joven con otro amor.
Y mi padre, con sus mujeres.
Y la abuela, con sus amores.
Siento como el azúcar les unta el futuro en las yemas de los dedos y les llega hasta la columna vertebral. Como tiemblan. Tal vez, en voz baja, sus palabras jueguen al escondite con la realidad pero los amantes somos tan ingenuos que siempre hablamos con silencios disfrazados de esperanzas.
Así de sencillo es el amor cuando nadie nos ve mirarnos.
Amor a la comida, por supuesto, la única lección garantizada en este curso.
Hoy, para cumplir con la tradición al elaborar el pastel helado, la aplicación y sabiduría de estos dos alumnos descolgados de la norma, crea a nuestro alrededor un musical. Una oda a la inventiva con dos ingredientes básicos, deseo y oportunidad, embadurnados generosamente de vainilla.
Así es la cocina.
Nada es lo que parece.
Ni en amor.
O en un relato.
Ni siquiera mayo huele a primavera si no llueve en marzo.